Realidad, ficción y el artificio de Hollywood

El cine es el arte de mostrar realidades diferentes a las nuestras a través de la ficción. El uso de la ficción no es más que un recurso utilizado para explicar una realidad que nos es ajena, ponerla en contexto y permitirnos sentir lo que sintieron y vivieron sus protagonistas reales ─unas veces con más éxito que otras─. El problema viene cuando la realidad, cruda y despojada de toda magia y perspectiva, es sencillamente inexplicable, como cuando oímos a alguien afirmar con rotundidad que el coronavirus no existe.


Con las nominaciones a los Globos de Oro ha ocurrido algo parecido. Otro año más, la antesala de los Óscar vuelve a marcar la temporada de premios con la polémica y esta vez ha estado servida tanto por la inclusión como por la exclusión.


Vamos por partes: de entre todas las nominaciones, ha llamado especialmente la atención la nominación de Emily in Paris ─con dos nominaciones a mejor serie comedia o musical y mejor actriz protagonista para Lily Collins, respectivamente─, primero porque una de sus propias guionistas, Deborah Copaken, confesó en una entrevista concedida a The Guardian que, si bien se emocionaba por las candidaturas de la serie en la que trabaja, no entendía cómo la ficción ambientada en la Ciudad de la Luz obtuvo ese reconocimiento y series como I may destroy you no estaban nominadas en ninguna categoría ─y esto también excluye de la lista de nominaciones al magnífico trabajo de su protagonista, Michaela Coel─.


Y segundo porque esto ha puesto de relieve, un año más, un problema que no es en absoluto nuevo en Hollywood: una aparente diversidad que esconde una invisibilidad (intencionada o no) de colectivos minoritarios tan flagrante que uno no puede evitar preguntarse qué está pasando en Hollywood.



Esto no significa que Emily in Paris sea una mala producción, pero sí banal y superficial, que es precisamente como está ideada, para mostrar de forma casi caricaturesca la hiper digitalización que vivimos y la necesidad de estar constantemente unidos a nuestros teléfonos móviles. No obstante, sí pone de manifiesto que en muchas ocasiones Hollywood solo premia una parte del enorme espectro de realidades que nos rodean, dejando de lado otras igual de importantes.


Las producciones más centradas en tratar temas relacionados con la etnia, el racismo, el sexo o el género han sido en gran parte olvidadas, algo aún más sangrante teniendo en cuenta la visibilidad ─y, sí, digo visibilidad y no importancia, porque la importancia siempre la tuvo─ que ha tomado el problema del odio por motivos raciales este año, y esto es lo que nadie se explica.


Es cierto que las nominaciones no siempre caen a gustos de todos, pero también lo es que, cuando la gran mayoría de la crítica y la prensa especializada alaba una producción audiovisual, es difícil creer que toda esa cantidad de críticos y periodistas están equivocados. Nada más lejos de la realidad, parece que muchas veces crítica y academia utilizan criterios diferentes.


Lo que es innegable es que las reacciones no se han hecho esperar, y esto ha servido para reivindicar también que producciones como Una noche en Miami, La madre del blues, Malcolm & Marie ─sonada candidata a los Óscar─, entre otras, han sido grandes olvidadas en las candidaturas de la categoría cinematográfica.


Afortunadamente, las nominaciones relacionadas con estas producciones sí se han dado de forma individual, como el caso de Daniel Kaluuya (Judas and the Black Messiah), Leslie Odom Jr. (Una noche en Miami) o Viola Davis y Chadwick Boseman (La madre del blues).



Pero una vez revisada la actualidad, es momento de preguntarse: ¿está jugando Hollywood un papel cómplice en la falta de visibilidad de colectivos minoritarios? Que para algunos sectores de la meca del cine el reconocimiento de ciertas minorías, ya sean por color de piel o identidad sexual, sigue siendo un tema tabú o incómodo de tratar no es ningún secreto ─o, si lo es, les animo a quitarse la venda de los ojos, que los cristales de Swarovski ya no engañan a nadie─. Y que para algunas instituciones parece más importante una alfombra roja que los premios en sí es una realidad como que el sol sale a diario.


No obstante, va siendo hora de diferenciar bien la realidad de la ficción. El Hollywood dorado tenía sentido en su momento, pero ahora, en un momento tan marcado por las dificultades que está atravesando el mundo, necesitamos más que nunca, y citando a la propia Deborah Copaken, “arte que refleje todos nuestros colores, no solo algunos. Pero también tenemos que premiar los espectáculos que lo merecen, sin importar el color de piel de sus creadores”. A sus pies, Ms. Copaken.


Por Nacho Campos