El montaje a través de Amadeus

Editar no es sólo montar todo, sino encontrar un camino.

Walter Murch

Uno de los procesos fundamentales de cualquier película, serie, corto o proyecto audiovisual es el montaje. ¿Cómo ordenar las escenas de un largometraje? ¿Qué plano poner del actor? ¿Esta secuencia tendrá suficiente ritmo? Estas respuestas tienen más importancia de lo que parece. De hecho, perfeccionan los engranajes que tienen que encajar para contar una historia.


El trabajo de un montador es uno de los grandes secretos del cine. Desde su propia sala, pantallas y teclado en mano, los editores acaban formando un mundo propio que da vida a miles. Así que qué mejor que usar las claves de uno de ellos, en concreto, Walter Murch, montador de cine de Apocalypse Now o El paciente inglés. Murch habla de “La regla de los seis”, como las pautas que, en orden jerárquico, son necesarias para lograr un montaje de calidad.


1. Generar emoción -y la emoción correcta- en el espectador. Es decir, que el público genere unos determinados sentimientos conforme a lo que se está narrando y que será lo único que seguro que recuerde el espectador tras ver la película o serie.

2. Que el argumento avance.

3. Que el ritmo sea interesante y adecuado.

4. La llamada “dirección de la mirada”, es decir, la ubicación y el movimiento del centro de interés del espectador dentro de la imagen.

5. Que respete las tres dimensiones que aparecen en la pantalla, teniendo en cuenta la bidimensionalidad de esta.

6. La continuidad espacio-temporal de la película.


Sin embargo, en algunas ocasiones, no todos los criterios previamente descritos coinciden en el momento de seleccionar un plano determinado para el montaje. En otras palabras, un plano puede producir una sensación adecuada, hacer que la historia avance, tener un buen ritmo y respetar la dirección de la mirada y su bidimensionalidad, pero presentar un error de continuidad. En este caso, si no hay otro plano similar que corrija ese fallo de continuidad, el montador debe utilizar dicho plano, pues el espectador logrará emocionarse y es probable que ni se dé cuenta del problema.


Esto ocurre con la secuencia inicial de Amadeus. Esta escena narra el intento de suicidio de Antonio Salieri tras “confesar” ser el asesino de Mozart y su posterior traslado al hospital psiquiátrico. Ambientada con la banda sonora o, mejor dicho, el leit motiv de la película, el montaje de esta secuencia nos hace entrar de pleno en su historia.



Así, el espectador se introducirá, primero, en la historia, para después llegar a los momentos más dramáticos de la secuencia. De ese modo, los primeros planos de la escena son planos generales de las calles exteriores de Viena en una noche de invierno. A su vez, se oyen los primeros lamentos de Salieri junto con el potente leit motiv musical, que marca el corte entre plano y plano, hace que el ritmo sea pausado y frío, y que la primera sensación que el espectador experimente sea la de sorpresa e incertidumbre por saber el origen de estos lamentos, centrando así su foco de interés.

Acto seguido, la acción pasa al interior de la casa de Salieri. Llegamos a ella a través de planos generales (abiertos, que nos permiten ver las salas al completo) y panorámicas que nos muestran el recorrido por la casa de un par de sirvientes, que llegan hasta Salieri confesando su crimen. En este tramo de secuencia, la emoción que transmiten los planos va ligada a la dirección de la mirada del espectador, que poco a poco va encontrando el origen de los gritos de Salieri conforme los sirvientes se apresuran hacia el cuarto del músico. La acción cada vez avanza con mayor ritmo y hay una fuerte continuidad espacio-temporal (la cámara sigue en todo momento a los criados).

Una vez allí, los sirvientes esperan a que Salieri les abra la puerta para dejarle su comida, pero oyen fuertes ruidos tras la puerta. Aquí la emoción, la intriga que se debe crear es primordial, ¿qué pasa al otro lado de la puerta? Vemos de cerca al sirviente y sus gestos, por fin de cara a la cámara. A su vez, esta emoción coincide con el foco de interés del espectador, tanto nosotros como el sirviente quiere saber qué ocurre. Pero el plano no se mueve, dura mucho en pantalla, generando y amplificando la sensación de suspense y no avance por unos instantes. ¿Qué hubiera pasado si el montador hubiera decidido mostrar qué pasaba en la habitación? ¿Cómo se hubiera sentido el espectador entonces?

Tras forcejear la puerta, los sirvientes consiguen entrar al cuarto de Salieri y contemplan asombrados que su amo yace en el suelo ensangrentado, pero todavía vivo. Acaba de intentar suicidarse. A partir de aquí, la música reaparece, reforzando este momento dramático de la secuencia mediante la Sinfonía número 25 en Sol menor de Mozart.

Y llegamos al plano cerrado, el que enfoca la cara de Salieri y el que muestra la expresión de los sirvientes, esta vez de cerca. El ritmo de los planos aumenta vertiginosamente, pasa de ser estático a acelerarse para revelar el desenlace fatal de Salieri en pocos segundos. La acción avanza y el foco de interés del espectador se centra solo en la figura de Salieri, la sangre derramada y la navaja.

Finalmente, Salieri es vendado y llevado inmediatamente en camilla al psiquiátrico mientras tiene lugar un baile en una de las casas y la aparición de los créditos iniciales. La sinfonía de Mozart sigue sonando con el fin de unir el intento de suicidio con este tramo final de la secuencia, además de ensalzar el delirio de Salieri.


La música y los planos de la gente llevando en camilla al compositor se entremezclan con un baile. Con un ritmo inestable, los planos no dejan de sucederse, sin duración concreta. Y estos cambios de montaje son la carta de presentación perfecta para la película, pues el ritmo y el tono vienen subordinados por la música, por Mozart y su creación. Esto es Amadeus.



Por Sergio Díaz Lacarra